Puedes intentar ignorar lo que está fuera, aislarte para no hacerte más daño. Pero cuando lo tienes todo dentro te encierras sola con tus volcanes de emociones y recuerdos, y se hace más difícil obviarlo. Te alejas y se alejan, y miras a los que un día fueron los primeros, importantes e indispensables, con suspiros en los labios y un nudo de palabras atascado en tu garganta que no hace más que ahogarte.
Te estancas, te pierdes a ti y pierdes a quien fuiste alguna vez. Y es entonces cuando intentas recordar como te sentías cuando aun estabas fuera, antes de encogerte. Pero a tu alrededor ya solo hay gris. Y el gris te envuelve ahogándote y congelando tus dedos, apartando todo lo que estuvo antes que él. Celoso y posesivo, no te deja salir ni deja que nadie entre. Quizá la parte positiva sea que emborrona los detalles de lo que no te apetece revivir, eso que tanto duele y que te abrasa como el hielo, pero tampoco va a dejarte ver cómo conseguías que todo fuera tan fácil.
El gris se enreda en tus pestañas y te acuna. Y en gris te conviertes. Porque es cierto que el negro es más oscuro, pero en el gris no hay nada. Solo gris.
No hay comentarios:
Publicar un comentario