No eras la cara bonita ni la sonrisa deslumbrante y perfectamente encajada, pero tus ojos brillaban como los de nadie. Ignorante e indiferente. Todo a tu alrededor parecía pertenecer a otra parte, ajeno a ti. O quizá tuvieras el superpoder de la ceguera, rodeandote de la dulce y tan añorada inmadurez. Te reías por todo e iluminabas con tus gestos a los del primero y a los del quinto. Y no te importaba la monotonía porque la sentías cómoda y caliente, conocida y confidente.
Pero que triste que es que las personas cambien y suban más escalones a ciegas, sin saber si hay más pisos arriba, sin brújula ni abrigo. Y es triste porque subiste, porque quienes estaban arriba estiraban de tus muñecas con demasiada fuerza. Con cada peldaño tus ojos brillantes perdían luz y charol. Igual que el humo de un café caliente olvidado en la encimera se acaba extinguiendo, tornando lo que antes era amargo en hielo vacío.
Y de la misma forma que se apagaron tus ojos lo hiciste tú, poco a poco. Ganando altura y perdiendo luz. Emborronando tu retrato en el papel al rozalro con la mano ansiosa, que deseaba seguir dibujando. Y tu lápiz trazó más líneas, líneas huecas que al girarse a buscar ayuda en el origen se encontraron solas, tímidas e inseguras, que acabaron desdibujandose del todo.
Tú te fuiste con ellas, con el calor del café y las líneas perdidas, y me dejaste asustada y más olvidada que ellas. Me dejaste. Quizá no fuera de forma consciente y quizá sí, pero pasó y puedo afirmarlo con certeza, porque donde antes estabas tú ahora hay bruma. Tu asiento reservado en primera fila ya no está ni parece querer volver.
Me dejaste, te perdí, quizá olvidara atarte.
Puede que fuera yo quien te olvidara a ti, y que estés sintiendo lo que yo siento en alguna parte, tan lejos y tan cerca. Puede que, al final, esté haciéndote volver al recordarte. Puede que me estés buscando tú también, para volver a brillar como antes, y calentar cafés y dibujar retratos.
Puede y puede que no.
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